No se; cada vez hay una búsqueda más generalizada de algo en lo que poder creer. Es como si la humanidad no se sintiera muy segura de lo que está ocurriendo y, como siempre hizo, se volviera a mirar hacia lo divino para que le cuente algo. Proliferan los gurús, los guías espirituales, los maestros… La Europa laica, tras de disfrutar de más de cincuenta años de bonanza y autarquía, vuelve a necesitar a Dios. (De los políticos, ya no hay dios que pueda fiarse). La Iglesia Católica, a pesar de la ulcerada fealdad con la que se nos ha ido desnudando, se perfila de nuevo como un poderoso imán para las actuales clases medias -incluso, para aquellas que se consideraban progresistas-, precisadas de cualquier esperanza que las libere de esta incertidumbre en la que actualmente les está tocando vivir. De hecho, ya nadie cree que el sistema tenga realmente una respuesta para lo que está sucediendo. Esta crisis se le antoja a todo el mundo más profunda de lo que nos han venido contando; y, en verdad, es mucho más profunda. Los ecosistemas están amenazados. Las ciudades, son como descomunales gigantes desvalidos, preocupados exclusivamente porque no se paralice su suministro de alimentos. Las luchas de clases vuelven a asomar peligrosamente la cabeza. China avanza hacia los mercados de consumo –de alguna manera tiene que solventar el problema de los mil millones de campesinos que carga a las espaldas-; India, América Latina, pronto la África negra…; amenazándonos con convertirnos, exclusiva y permanentemente, en una especie de organismos productores-consumidores, para poder seguir soportando el funcionamiento de un modelo de economía, que es como un monstruo descerebrado que necesita estar consumiendo y creciendo, consumiendo y creciendo sin límite alguno para seguir viviendo… Yo creo que la humanidad se esta preguntando finalmente, después de siglos y siglos de letargo: "¿Adónde vamos?"... Y la respuesta, ni nos la va a dar Dios, ni nos la van a proporcionar tampoco los políticos. La respuesta tiene que salir del hombre; el único al que, habría que esperarlo y desearlo, aún puede que le quede una pequeña pizca de sentido común.
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sábado, 14 de agosto de 2010
viernes, 13 de agosto de 2010
ESCRITO PARA MOLESTAR.
Hay cosas que, como en los mercadillos de segunda mano, están ahí, aguardándonos entre un revoltijo de cacharros, ropas viejas, baratijas, muebles usados, cuadros mal pintados… Es como si nos estuvieran destinadas y nadie más pudiera verlas. Creo recordar que no tenía aun catorce años, cuando, no se cómo, cayó en mis manos este pequeño cuento sufí, que luego me ha ido acompañando por la vida como un espejo que alguien hubiera puesto entre mis manos para que pudiera contemplarla de antemano. El cuento, por supuesto, lo perdí; o quizás, el libro en el que lo leí era prestado; pero decía así:
“Iba volando Dios por los espacios infinitos con todo su coro de ángeles, y creó El Mundo.
Y el noventa y nueve por ciento de los ángeles que iban con Dios, vieron El Mundo, se prendaron de él, y se quedaron a vivir en él,
Y Dios siguió volando con los ángeles que le restaban, y creó El Cielo.
Y el noventa y nueve por ciento de los ángeles que quedaban con Dios, vieron El Cielo, y se prendaron de él, y se quedaron a vivir en él.
Y Dios siguió volando con los ángeles que le restaban, y creó El Infierno.
Y el noventa y nueve por ciento de los ángeles que quedaban con Dios, vieron El Infierno…, y huyeron despavoridos.
Y luego, Dios siguió volando con los ángeles que aún le restaban.”
(Si alguien esta interesado en sacar los diferentes porcentajes sobre el conjunto de la población humana, al final, se llevará una sorpresa).
Religión, por si alguno no lo sabe, proviene del latín “religare”, unir de nuevo. He leído en un par de ocasiones algún que otro comentario sobre la manera adecuada de interpretar el significado de este término y, aunque todas se aproximan de una u otra manera, cada cual descartaba del contexto de dicho significado aquella parte que, de una manera sectorialmente posicionada, le resultaba más incómoda. Para mí, sólo hay una posible manera de entenderlo: Unir nuestra naturaleza animal a nuestra naturaleza espiritual; y que conste que el intelecto, la razón, los sentimientos..., sólo los considero partes, o sentidos, inherentes al grado de evolución que hemos alcanzado como especie.
No voy a entrar en la polémica de si existe o no existe Dios; cuando he tenido que significarme sobre el asunto, lo que ya es suficientemente bochornoso, lo he hecho declarándome un gnóstico agnóstico; que es algo así como decir que no creo en él, pero que ando con él. Es impensable que nuestra mente pueda idear o diseñar una sola imagen de algo o alguien a lo que podamos llamar, con el más remoto sentido de la propiedad, Dios; sería como pretender dibujarnos el perfil de la mano con la uña de un dedo, sólo que a escala inmensurable. La descripción más acertada que he escuchado, si con alguna hay que quedarse, proviene, creo, de alguna de las escuelas teosóficas: “Dios es aquello cuyo centro está en todas partes y su circunferencia en ninguna”. Para concluir; puede haber hombres creyentes, hombres devotos, incluso jeranquías eclesiásticas y hombres místicos; pero sólo hay un "hombre religioso"; aquel que ha unido su ser a eso que, en el empeño de tener al menos alguna manera de llamarlo, le pusimos por nombre el término de Dios.
Bueno, pues todo este discurso sin sentido viene a cuento de un cierto retortijón que se produce en los infiernos que uno lleva adentro, cada vez que escucha o lee a cierto tipo de maestros, gurús y demás ralea de eclesiásticos expertos, perorar tan doctamente sobre aquello que sólo hay una posible manera de llegar a conocer, pasar por esos tres mundos de mi cuento, que nada saben de credos, devociones o místicas ignorancias
El otro día leía en alguna parte: “La fe proviene del conocimiento”: Gnosis. He visto a tantos hombres solitarios -sin maestros, ni ashrams, ni gurús, ni meditaciones trascendentales, sin siquiera un Dios al que seguir o en el que creer- ir cayendo en esta enamorada búsqueda. Les he visto derrumbarse, y levantarse y volver a caer; huir presas del pánico..., y regresar, para enfrentarse a él y seguir caminando. Les he visto desfallecer, ser arrastrados al desastre, a la marginación, a la tranquilizadora injuria de las clínicas psiquiátricas…; siempre fieles; siempre enamorados. Y todo, para intentar alcanzar ese imposible que preña de luz por un instante eterno y para siempre el interior de nuestras almas. Tal vez sería mejor callar; pero cómo hacerlo al acordarse de ellos.
A uno, se le revuelven las tripas del infierno oyendo hablar a cierto tipo de gurús y maestros.
miércoles, 4 de agosto de 2010
SENTIDO Y SIGNIFICADO.
Todo enunciado está compuesto de un sentido y un significado. El significado le viene dado por nuestro cerebro. Cuando entramos en el banco, y decimos: “Buenos días”, el empleado que nos recibe no necesita preguntarse cuál es el significado de aquello que le estamos expresando; su cerebro le informa de manera instantánea e indubitable que lo que estamos haciendo, es desearle que pase una buena jornada. Nos responde: “Buenos días”; y así, el ritual de la urbana convivencia queda rigurosamente cumplimentado.
El sentido lo pone el corazón. Cuando entramos en el banco, y decimos: “Buenos días”; su corazón no le informa al empleado que esté recibiendo ningún tipo de mensaje, porque tampoco nada ha salido desde el nuestro que pretenda trasmitir mensaje alguno, Así es que, el empleado nos corresponde con un “Buenos días”, que cumplimenta rigurosamente las formalidades de la urbana convivencia; y luego, cuando le comunicamos que venimos a solicitar un aplazamiento para que no nos embargue la vivienda, nos lo niega, porque aquellos buenos días que tan urbanamente nos habíamos deseado, no nos los habíamos deseado de verdad de corazón.
Pasamos toda nuestra vida habitando en un mundo que carece por completo de cualquier atisbo de sentido.
jueves, 29 de julio de 2010
ADÁN FRENTE AL ESPEJO.
En Panajachel, en el lago de Atitlan, de regreso de madrugada a mi chiquera después de alguna juerga, me tropecé una noche con una de esas indias que llevan siglos y siglos cargando las miserias de la vida a las espaldas, con dos niños pequeños aferrados a una de sus manos e intentado arrastrar con la otra al marido, tirado por el suelo con una borrachera de esas que te pasa un tractor por encima, y ni te enteras. Hombre; el asunto me dio pena. No está mal remarcar -¡lo que es llevar siglos y siglos aguantando que todo el mundo te pise la cabeza!- , que lo hacen con un alcohol blanco que se vende en unas pequeñas botellas de cristal transparente, en cuya etiqueta pone con letras bien gordotas: ”Sólo para indios”.
Bueno, a lo que iba. Me cojo al indio, le paso el brazo por encima de mi hombro y le pregunto a la mujer: “¿Vives muy lejos?”. “No…, ahí no más”. Ahí no más, lo mismo puede significar a la vuelta de la esquina, que seis o siete kilómetros más arriba; pero me digo: “Bueno; hasta donde llegue, llego”; y echo andar.
Llevábamos recorridos dos o trescientos metros, cuando el hombre abre los ojos, me mira con una de esas miradas afiladas que atraviesan la carne de uno como si fuera líquida, y me larga, así, a la cara, una de aquellas mordaces sonrisas esquinadas que te explican en un vuelo que lo único que eres para él, es un pendejo.
No menos rápido yo, me deshago de su brazo deslizándolo velozmente por mi hombro y, “¡zas!”, el hombre se va de bruces contra el suelo.
Antes de volver a quedarse dormido, levanta por un instante la cabeza, y le grita a la noche de los tiempos:
_¡Buen caballo! ... ¡Buen caballo!...
Adán mirándose a sí mismo en el espejo; cara a cara.
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