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sábado, 28 de agosto de 2010

SOBRE EL ARTE DE REALIZAR MILAGROS. Cuento.

            Fíjense ustedes en las cosas que llega a pensar Bruno. Incapaz de localizar una de sus chancletas bajo los pies de la cama, y seguro de que la pasada noche la dejó allí, hace de tripas corazón y desparrama el aparatoso desorden de sus carnes por el suelo para explorar el vacío desolador de las baldosas; palmotea porfiado la desnuda superficie con las manos, indaga rincones inexistentes... Llegado a ese difícil trance en el que la lucha con lo inexplicable conduce indefectiblemente al desastre catatónico, se grita a sí mismo: “¡Ea, para!”. Y desnivelando baldosas sobre la suela de una sola chancleta, se va hacia el cuarto de baño, pensando con tristeza: “El hombre, no es libre”.
            Bruno, se arremanga la bata de franela, desata la cinta del pantalón de su pijama y se sienta al retrete. Mientras caga, se demanda a sí mismo: “¿Por qué no es libre?”.
            A Bruno le resulta arduo contestarse a esto; así es que se desentiende del asunto, y se aplica a la más pertinente labor de solventar una oclusión del bajo vientre, por ver de ayudar al esfuerzo de lo digerido en su natural proceso evacuatorio.
            “¿Por qué no es libre?”, insiste Bruno; que, como dejó su mente aparcada entre los candores de la primera infancia, puede llegar a ser agotadoramente persistente.
            Entonces, el Bruno que contesta se aturrulla, e intenta explicar entre hipos y sollozos que no es libre, porque es seguro que la pasada noche, antes de acostarse, dejó ambas zapatillas bajo los pies de la cama; y esta mañana ha mirado y ha mirado, y a pesar de que, por fuerza, la otra ha de seguir allí, delante de sus ojos, no ha podido encontrarla.
            Y se queda contemplando acongojado ese abandono triste de su pie izquierdo. Luego, tira de la cadena, renquea hasta el lavabo y se mira al espejo.
            Frente al espejo, Bruno tiene distintas maneras de encarar la vida; según los días. A veces, su rostro resplandece feliz y él deviene optimista; y otras amanece cansado y abatido, como las hojas del filodendro de la salita de estar cuando comienzan a secarse. Entonces, Bruno se pone triste, y se queda ahí parado; sin saber cómo hacer para sonsacarse a sí mismo lo que le ha ocurrido.
            Esta mañana, su cara tiene un no se qué de fatiga quebrada; como si el Bruno de ahí enfrente hubiera estado trajinando durante toda la noche en ese otro mundo al que se marcha en sueños y, al final, se le hubiera roto lo que estaba haciendo. Frente a esta cara, Bruno no sabe como hacer. Le sonríe con un guiño dificultoso y contrahecho con el que, al parecer, pretende reanimarla; elimina una fea legaña que le pende de uno de los lagrimales; pellizca sus mofletes a ambas manos con aquel modo de hacer burlón y cariñoso que usaba tío Alberto, y que a él le queda un tanto desproporcionado; revienta un par de granos... Y, al final, se encoge de hombros, como diciendo: “¿Y qué hacemos?”.
            “¡Está ahí!”
            Bruno sabe que no está ahí. Él, ha mirado. Estaban las patas de hierro de la cama, con aquellas bolitas de bronce en los extremos que obran el milagro de transformar la habitación en una pompa de jabón dorada. También estaba el orinal que Má le deja bajo el somier para que no tenga que andar correteando de noche por el pasillo de sus miedos; y la pequeña alfombra para poner los pies y evitar resfriarse, que es donde Bruno, minucioso como es, deja siempre sus chancletas; y también estaba la zapatilla de su pie derecho. Pero, esta mañana, la chancleta del pie izquierdo no estaba.
            “Está ahí”.
            No está.
            “¡Está ahííí...!”.
            Y en esa certeza impotente con la que su cara insiste, hay un tan afligido desamparo, que Bruno se desentiende del Bruno que discute con el Bruno del espejo y se echa a trotar por el pasillo. Sus pies ‑clac, plop; clac, plop‑ tienen alas raudas, veloces, a ambos lados de los tobillos. Sus brazos, son como enormes aspas de molino despejando estorbos, eliminando dudas, vacilaciones y obstáculos de puertas. E incluso, su cabeza ‑siempre cri cri, cri cri, cri cri‑ ha hecho un inciso en esa porfiada obcecación con la que defiende la validez de sus criterios, y se ha quedado en silencio y expectante.
            Bruno, desparrama la catástrofe de sus carnes bajo el somier; y sin siquiera detenerse a mirar, extiende la mano y agarra la chancleta.
            Los ojos de Bruno, lloran de alegría: ¡Bruno, sí es libre!
            “¿Pero, cómo es posible?”; irrumpe de nuevo el cri cri de la cabeza.
            Pero esto, a Bruno, no le preocupa absolutamente para nada.

(de mi “Libro de rutas para viajeros sin destino”. Ediciones Obelisco).

sábado, 21 de agosto de 2010

COSIENDO COSAS DE AQUÍ Y DE ALLÁ, POR VER SI AL FINAL NOS SALE UN MUNDO ESFÉRICO. Cuento.

            De regreso de sus guerras de conquista, Gordio estaba cansado. Ni son los años los que envejecen, ni los trabajos lo que fatiga; es ese eterno ponerle un nombre a la ilusión, para forzar al burro que llevamos puesto a correr tras de una zanahoria que, o nunca se alcanza, o cuando al fin se obtiene, apenas satisface. En cualquiera de los casos, uno siempre termina descubriendo que tanto la amargura, como la felicidad, son meros accidentes. Entonces, emprende el camino de vuelta hacia el hogar y se enfrenta a las horas.
            Frente a las horas, nuestras vidas carecen de sentido; éste es un dolor que nace afásico y muere sordo. Gordio, tras de recibir a unas cuantas legaciones de leales súbditos ‑que no habrían vacilado en despojar a su cuerpo del necesario aditamento de su cabeza de haber podido‑, se encerró a solas en sus habitaciones, y libró la última batalla con ese enemigo invisible que habita por los rincones de las salas y entre la frondosidad de los parterres de los jardines, cuando los colores de sus flores no alegran ya más nuestras miradas; allí, aún tuvo que lamentarse de las prisiones de oro en las que los pueblos encierran a quienes les gobiernan.
            Acostumbrado desde siempre al oficio de la guerra; usó del tablero del ajedrez para, a la vez que libraba sus batallas con el oponente imaginario que se sentaba enfrente, derrotar a las horas. Al igual que en las contiendas, perdió unas, ganó otras y aún bastantes de ellas concluyeron en tablas; en cualquiera de los casos, las horas salieron siempre victoriosas.
            Un día, contemplando desde una terraza el paciente tesón con el que un boyero abría surcos en la tierra, le asaltó un inexplicable desasosiego por ese su constante ir y venir que siempre acababa conduciendo al mismo sitio; por lo que, ya caída la tarde, le hizo llamar, y le preguntó:
_ Según tú, ¿qué es el tiempo?
            El boyero, hombre rudimentario, que apenas conocía de la vida otra cosa que el surco que va dejando la reja del arado; miró por la costumbre hacia el suelo, y contestó:
_ Señor, por las mañanas me levanto, unzo las bestias al yugo y, juntos los tres, damos vueltas y vueltas a los campos; luego, cuando llega la noche, regreso a mi humilde morada, como de lo que haya, me acuesto y duermo.
_ ¿Y nunca te aburres?; ‑preguntó Gordio.
_ Señor; no puedo.
            Esa noche, Gordio durmió poco. Poseedor de ese saber inútil que alcanzan los filósofos cuando, tras de indagar los porqués de la existencia, llegan a la turbadora conclusión de que lo ignoran todo; buscó en el mundo de los símbolos las respuestas que su razón se negaba a proporcionarle; y, tras desdeñar por efímeros un par de viejos anhelos satisfechos, llegó al convencimiento de que su doble condición de monarca y de guerrero no era otra cosa que el yugo al que siempre había vivido uncido, y que al final, sus muchas vueltas y revueltas en la vana ilusión de conquistar el mundo, sólo le habían servido para agotar su tiempo y dejarle vacío frente a las horas que sobrevienen al precario placer de las victorias y los reinos conquistados, e incluso, al más amargo y persistente sabor de las derrotas.
            Buscando, pues, rescatar algún sentido al hecho de haber vivido, decidió dejar un legado de sí para los tiempos; y, convencido de que los símbolos representan la más sutil y elaborada forma de expresión de las complicaciones del cerebro, se hizo traer el yugo del boyero, le entregó a éste lo suficiente para que pudiera vivir holgadamente el resto de sus días, y sin percatarse de que le condenaba a su vez al sinsentido de las horas, se dedicó a matar las suyas, elaborando en torno al yugo un complicado nudo que, al igual que los surcos del arado, no tenía principio ni fin; tarea esta en la que ocupó el resto de sus días. Hay que decir que murió satisfecho, cosa que no ocurrió con el boyero.
            Como símbolo, el Nudo Gordiano ‑que así se llamó luego‑, tiene varias lecturas. El que careciera de extremos, retrata la eternidad del tiempo. El que, debido a ello, resultara imposible desatarlo, predica la fatuidad de los actos. El que estuviera anudado en torno a un yugo, indica la amarga esclavitud a la que somete su vida todo aquel que nace con la engañosa ambición del poder. El que el monarca determinara instalarlo a las puertas de Asia para vetarle la entrada a todo aquel que no lograra resolverlo, a más de servir para identificar el lugar de desencuentro de dos distintas maneras de entender la vida, pretende preservar el contemplativo talante del pensamiento oriental de las desapacibles premuras de Occidente. Finalmente, los inverosímiles e intrincados recovecos de sus vueltas y revueltas, abastecen a los amantes de la acción de las suficientes razones como para tener que lamentarse de la inutilidad de sus empeños.
            Por lo que respecta al boyero, la historia renuncia a perder el tiempo ocupándose de su vida. Pero, entendiendo que no se puede variar el destino de un hombre sin alterar a su vez el de todo el universo; Basó, ha indagado por aquí y por allá, y dice haber averiguado que, tras perecer de aburrimiento contemplando los campos baldíos ‑y en vista de que su actual fortuna personal no le permitía dedicarse ya más a su anterior oficio‑, puso sus pies a caminar, que, al fin y al cabo, era lo que siempre habían hecho, y recorrió la Frigia buscándole un nuevo sentido a su existencia; pasó luego a la Tracia, anduvo la Calcídica, cruzó el Peloponeso, y desesperado al fin de ir de acá para allá sin encontrar jamás cosa alguna en la que ocupar su tiempo, acabó juntando a un grupo de rufianes, desheredados, malparidos y contrahechos, y se dedicó a probar suertes en el oficio de los conquistadores para ver de comprarle un día su yugo a algún otro boyero. Murió en la Macedonia de resultas de un venablo que le atravesó el hemisferio derecho del cerebro. De su estirpe nació Filipo, y de éste, Alejandro.
            Educado por Aristóteles ‑el cual, ni siquiera para ejercer el sedentario oficio de los filósofos sabía estarse quieto‑; Alejandro aprendió del peripatético que la contemplación conduce directamente a la indolencia, y que la única manera de escapar a esa resignación karmática con la que los orientales asumen sus miserias, consiste en revertir la introspección hacia el exterior, transformando la potencialidad en acto; filosofía ésta que se extendió más tarde hacia el oeste, sentando las bases de la manera occidental de entender la vida.
            Enfrentado años más tarde al Nudo Gordiano; Alejandro, hizo buenas las lecciones del maestro, y evitándose la torpeza reflexiva que conduce a la perdida de tiempo, sacó su espada, lo cortó en dos y penetró en Asia con su ejército.
            Sus conquistas fueron vastas, y su vida, breve. Derrotado al fin en la India por el cansancio de sus tropas ‑que no por los hombres de Poro‑; murió a los treinta y tres años para evitarse el vacío de las horas con el que Gordio le había dejado aviso en el yugo de su tatarabuelo.
            Si fue la acción la que conquistó el Oriente, o la no acción, la que derrotó a Alejandro; es algo que, aún hoy, no ha sido suficientemente dilucidado por esos investigadores obsoletos que se ocupan de indagar la manera en la que las leyes del Cosmos actúan sobre los acontecimientos del devenir histórico. Inglaterra, cuyas universidades se hicieron célebres por su tradicional empeño en velar por la ortodoxia escolástica, buscó demostrar la validez del pensamiento aristotélico y conquistó de nuevo La India que agotara la potencialidad del Magno. A pesar de la flemática determinación que caracteriza la manera de ser del cultivado espíritu inglés; las horas, y un tal Gandi, haciendo uso de la filosofía de la no acción y de la semiótica de una sencilla rueca, probaron de nuevo que la solución al problema del movimiento, según el enunciado aristotélico de transformar la potencialidad en acto, queda coja de un tercer factor, que es el agotamiento.
            Para Basó, que imagina al hombre como un reflejo microscópico de todo lo creado, lo único evidente es que existe una fuerza de expansión en la existencia (que es la potencia transformada en acción); y otra de contracción (que es esa misma potencia, revertida en introspección); que retratan el doble quehacer del Big Bang y el Big Crunch del Universo. Si algo hay que lamentar de la manera en la que el ser humano asume esta inevitable alternancia, es, sin duda, la insalubre violencia de las guerras y la miserable inutilidad de las fronteras.

sábado, 7 de agosto de 2010

TAO.

El koan del laurel, le fue legado a los viajeros de los tiempos para ponerles sobre aviso de la incurable enfermedad de la que mueren las cosas eternas. Cuando Basó se instaló en los bosques de Tian She para dedicarse a esas tareas en las que suelen ocupar su tiempo aquellos hombres que han sido iluminados; esto es, levantarse por la mañana, visitar el retrete, realizar sus abluciones matinales, poner al fuego la tetera, lavar después la taza...; lo que, aunque a alguno le sorprenda, le bastaba para vivir en paz consigo mismo y con el resto de las criaturas que anidan la existencia, recibió la visita de unos monjes conventuales, que, a pesar de su repulsa a los anacoretas -cosa que Basó ignoraba que lo fuera-, habían oído hablar de su esclarecida santidad y no querían perderse por estrechez mental la oportunidad de recibir las enseñanzas de un iluminado. Basó -que, en su ensimismada entrega la inmediatez de los instantes, incluso había olvidado esta particularidad de su carácter-, se extrañó de sus cortesías y sus reverencias; pero, entendiendo que cada cual es libre de hacer como le dé la gana, les dio los buenos días, y tras de recoger un puñado de cenizas de los rescoldos de la hoguera, se dirigió a la orilla del torrente para lavar su camiseta, que había manchado el día anterior con salsa de tomate. Los avisados monjes, advirtiendo la lección de humildad que Basó les estaba dispensando, corrieron al torrente, se despojaron de las suyas -que habían sido ya planchadas y perfumadas con espliego aquella misma mañana por los hermanos menores de la orden-, y se apresuraron a imitarle. Ciertamente, Basó quedó maravillado de su extremada pulcritud; pero concluyó que cada cual tiene derecho a ser como le dé la gana y, tras tender la suya al sol, se sentó bajo las ramas de un laurel a no hacer nada. Viendo que había entrado en estado de samadhi, y aún a riesgo de importunarle en su espiritual diálogo con los espíritus de aquellos otros arahats desencarnados, los monjes se aproximaron hasta el lugar en el que se encontraba, y le demandaron:
_ Maestro, ¿qué es el Tao?
Realmente -y a pesar del derecho que cada cual tenga a ser como le dé la gana-, hay gente cargante en este mundo. A esa hora del día, mediado el mes de agosto, cuando los pájaros se derrumbaban en pleno vuelo, licuados sus pequeños cerebros por el sofocante calor de la canícula del verano, si te ha sido deparada la ventura de no tener nada que hacer bajo las ramas de un laurel y acaricia tu piel la suave brisa que llega del torrente, Tao es, sin duda alguna, la sombra del árbol aquel bajo el que estás sentado, y Basó así lo expuso.
Sucedió que, al día siguiente, el inspirado maestro hubo de dirigirse a la vecina aldea de Showen, para hacerse con algunas provisiones de té, arroz, azúcar, media libra de harina de centeno, unas legumbres secas, dos o tres puñados de raíces de jengibre, y un cuartillo de aquellos pastelitos almendrados que hacía la mujer del herrero y que a Basó, goloso como era, le sabían a gloria. Entre el viaje de ida, el de vuelta y un par de jornadas que perdió tonteando mariposas, charlando con los zorros, y recogiendo bayas y pequeñas manzanitas silvestres, cuando alcanzó de nuevo su refugio en el bosque de Tian She, habían transcurrido cuatro días y, en su ausencia, los monjes habían erigido un templete en torno al sagrado árbol del Tao, por ver de preservarlo del sol, el viento y los insectos para las generaciones venideras.
Al contemplarlo, Basó abrió su boca para dejarle paso a un batallón de moscas, y exclamó:
_ ¡Pero, decidme; ¿dónde está ahora la sombra del laurel bajo el techo del templo?!
Y este es el koan que, desde entonces, le vienen formulando los eruditos monjes de la orden a aquellos postulantes que se aproximan al bosque de Tian She, para ser iniciados en la senda del Tao: “¿Dónde está la sombra del laurel bajo el techo del templo?”.
        Entretanto, Basó se ha hecho mudar unos kilómetros torrente abajo, y ahora lava sus camisetas al lado de un cerezo.

(de mi "Libro de rutas para viajeros sin destino". Ediciones Obelisco.)

domingo, 1 de agosto de 2010

EL TENDERETE DE REMEDIOS.

En el mercado de los viernes de Todos los Santos, pequeña aldea a la que se llega deambulando por la altiplanicie de los Montes Cuchumatanes, instala desde siempre su tenderete un viejo indio quiché llamado Remedios, aunque creo recordar que el nombre se le alarga con Marías y Asunciones, que vende sandalias para uso exclusivo de viajeros. La particularidad que las hace tan privativas y, sin duda, apreciadas por los trotadores de mundos, reside en que están confeccionadas con la ayuda de dos invisibles aliados -uno procedente del mundo del Tonal y el otro del Nagual-, a los que, existan o no, Remedios María de la Asunción nunca se olvida de quemar dos pulgaditas de copal, antes de tomar entre sus diligentes y nervudas manos la cuchilla, la lezna y el cordel encerado. Si el viajero que realizó el encargo, tuvo además la ventura de ganarse la estima de Remedios; éste, acompaña la ignición de la resina con un bocadito de peyote, para hacer que le nazcan alas a las suelas y paisajes a sus puntadas. Para evitarle luego confusiones al usuario -ya que las sandalias carecen de arco y angosturas, y son idénticas en su hechura y acabado-, Remedios ha tomado la costumbre de marcarlas con el nombre del aliado que le ayuda a confeccionar cada una de ellas; no con el auténtico, por supuesto, porque entonces cualquiera podría robárselos. “Como las cosas son”, se llama la sandalia derecha. Y la otra se llama, “Como a mí me da la gana”.

De mi "LIBRO DE RUTAS PARA VIAJEROS SIN DESTINO". Ediciones Obelisco.

domingo, 25 de julio de 2010

LA REALIDAD:

La realidad, es como el pozo que hay a la entrada de Sidi abd l`Kebir; todos beben de él, y sin embargo, hay quienes aseguran que no existe. El pozo, que en realidad no existe, es anterior a la fundación de la ciudad.
Cuando Leno el Imparable -uno de aquellos legendarios viajeros que pretendieron franquear el confín del horizonte- , atravesó las ardientes arenas del desierto, fue sorprendido por la visión de un anciano, que surgió de entre las dunas con las manos tendidas implorándole un poco de agua. Leno, que llevaba caminando desde siempre por el mundo sin apenas reparar en la común necesidad de beber, miró al anciano consternado y le tendió sus manos abiertas, para mostrárselas igualmente vacías. En este gesto común, le fue dado entender que el anciano y él eran uno sólo, mirándose a través del espejismo del tiempo; y apesadumbrado por la desatención de la vida hacia las penalidades de sus caminantes, derramó una lágrima sin sal, que le bajó rodando una lenta arruga de rabia por el rostro, cayó al suelo y se enterró en la arena, abriendo en medio del desierto la ilusión de un pozo en el que se habrían de saciar en adelante cuantos viajeros cruzaran por aquel lugar.
El desierto, usó de toda la paciencia atesorada durante miles y miles de años de imperturbable anonimato, para destruir el espejismo del pozo Leno, y preservar así su paz y su silencio.
Nunca lo logró. Pasados unos meses, el lugar comenzó a verdear de yuyos y palmeras; y de seguida acudieron a albergarse entre la acogedora penumbra de sus ramas enjambres de cocuyos, furtivos alacranes, halcones peregrinos, camadas de mangostas y jerbos saltarines, chacales, reptiles, tejones, gacelas...; un par de viejos leones destronados, y hasta algún que otro anacoreta. Más tarde, alertadas por la tenue humedad de esas ventiscas que trasportan las noticias por los remotos confines del desierto, se aventuraron por las arenas en su busca dos o tres depauperadas cabilas de pastores bereberes, por ver de hallar algún perdido oasis en el que poder sobrevivir con sus rebaños. Llegaron tribus nómadas, guías cansados de conducir caravanas de acá para allá, mercenarios a los que nunca había sonreído la fortuna, huidos de la justicia, peregrinas del amor y de las camas, soñadores sin patria... Y, con el tiempo, el lugar se convirtió en lo que es hoy la ciudad de Sidi abd l’Kebir.
Todas sus gentes se abastecen ahora del pozo de dolor de Leno el Imparable; y sus aguas, nunca se agotan. Y sin embargo, de cuando en cuando, algún recién llegado se obstina en no ver brocal alguno delante de sus puertas. Ve el interminable trasiego de las mujeres, yendo y viniendo con los cántaros en la cabeza; ve como los descuelgan con cuerdas que se quedan ovilladas sobre el suelo; y luego, las ve tirar de ellas y volverse a sus casas con los cántaros vacíos. Compadecido de la locura de estas gentes, se olvida de beber y sigue su camino.
Quizá también él sea, como Leno el Imparable, uno de esos viajeros destinados a crear pozos que, en realidad, no existen.

(de mi "Libro de rutas para viajeros sin destino". Ediciones Obelisco).

viernes, 5 de junio de 2009

BUSCANDO A MAD.

Cuento de ausencias y extravíos; por
Moncho Dicenta.

Buscando a Mad por la casa; en el dormitorio, la sala, el cuarto de los trastos, la cocina… En el piso, si se me excluye a mí, que apenas sí lo ocupo para dormir, no vive nadie; eso se advierte de inmediato en ese aire umbrío y desolado que embadurna de tristeza las paredes y enrarece de ausencias el interior de sus recintos. Y sin embargo, sigo buscando. Como no sé quien es Mad ni la forma que tiene, lo busco en los armarios, en el botiquín del cuarto de baño, por los cajones de la cómoda…; lo busco en el cubo de la basura por si se me fue en un descuido, y debajo de la cama, por si se ha escondido. Dado que ignoro quien es Mad, desconozco por completo el ritual de sus rutinas, sus horarios, las particularidades de sus usos y costumbres, la naturaleza de sus gustos y aficiones…
Constato que Mad, sea lo que sea, no está en la casa.
Me asomo a la ventana por si, por una de esas curiosas providencias de la vida, le veo atravesar la calle.
La mañana resplandece de un sol primaveral, y las gentes, a pesar de dirigirse a sus trabajos, parecen caminar contentas. Hasta en la manera de piar de los gorriones se percibe que el día da comienzo con la promesa de una inusual profusión de pequeñas alegrías.
Mad, no aparece por ninguna parte.
A punto ya de echarme a la calle en su busca, me llamo al orden y me obligo a recapacitar sobre el asunto. Como no sé quién o qué es Mad, lo más razonable es esbozarse primero una imagen de aquello que uno anda buscando. Desde luego, no puedo afirmar que Mad sea una persona; aunque tampoco puedo colegir por ello que se trate de un objeto. ¿Tal vez un artilugio?... ¿Una droga?... ¿Quizás un animal de compañía?...
Ninguna de estas posibilidades se concilia con aquella sensación de vacío que me hizo echarle en falta.
¿Un recuerdo?...
No. Mad, tampoco es un recuerdo.
Está claro; no hay manera de averiguar qué cosa es Mad. En mi interior, sé que lo reconoceré nada más verlo y, sin más, me echo a la calle en su busca.
Están por dar las ocho y media, y las aceras rebullen de precipitaciones y retrasos culpables. Como cada mañana, los atascos desatan los nervios de los automovilistas que, previsoramente, circulan ya con el cristal del conductor bajado para poder insultarse de coche a coche sin el menor impedimento: “¡Cabrón!”. “¡Tu puta madre!”…
Pero Mad no aparece por ninguna parte.
Cuando el tumulto de la hora de la entrada a los trabajos desborda con sus precipitaciones la magnitud vial de las aceras, resulta vano pararse en medio del gentío para intentar localizar a nadie; así es que, prudentemente, me meto en una cafetería y me instalo frente a uno de los ventanales para poder atisbar a los que pasan sin resultar arrollado por el trajín de sus premuras.
_ Un café con leche, por favor.
Y aprovecho el camino de regreso del camarero hacia la barra para constatar que Mad no se encuentra en el local; luego, ni me entero de cuando fue que regresó con el pedido, pero, al llevarme la taza a los labios, advierto que el café está frío, por lo que deduzco que, o bien el hombre me trajo el de algún otro cliente que se vio forzado a abandonarlo por las prisas o, más probablemente, abstraído en la labor de intentar localizar a Mad entre las gentes que circulan por la acera, el tiempo se me pasó volando en un suspiro.
Al levantar la vista hacia el reloj de la pared, constato que, efectivamente, son ya las nueve y veinte.
Pago el café, y me dirijo a la Oficina de Objetos Perdidos.
_ Buenos días.
_ Buenos días
_ Busco a Mad.
_ Perros extraviados, en la Calle del Globo numero catorce; -contesta el funcionario, sin levantar la vista del catálogo que tiene ante los ojos.
_ Mad, no es un perro.
Resulta evidente que toda su atención se halla atrapada por la imagen de uno de esos televisores de plasma de pantalla gigante que jamás se podrá permitir con lo que gana. Claro que, si prescindiera de las vacaciones de Semana Santa… Pero justo este mes le llega la letra del seguro; y además, hay que comprarles zapatos nuevos a los niños… Y, para colmo, está lo de la jodida hipoteca. ¡Miseria de vida!
_ Para gatos, loros y demás animales de compañía, tendrá que dirigirse igualmente a la Calle del Globo; -dice el hombre, sin levantar por un instante la vista del catálogo.
_ Es que, verá; me temo que Mad no es un animal.
_ ¿Veamos…?
Lo dice con una cierta acritud forzada de paciencia, y me mira, al fin, aguardando una respuesta.
Yo también le miro.
Me mira.
Le miro.
_ ¿Qué cosa es Mad?; -pregunta finalmente, dispuesto a no amargarse el día.
Por mucho que me obsesione el enigma de su pérdida, aún no he perdido tanto la cabeza como para no darme cuenta de que no le puedo decir que no lo sé; así es que, opto por tomar un camino intermedio y le digo que ignoro su nombre genérico, pero que, si me deja pasar al interior, de inmediato podré reconocerlo.
El hombre, se desentiende definitivamente del catálogo de televisores, y me mira de esa manera inquieta y acerada con la que se observan los problemas que se le vienen a uno encima.
_ ¿Se trata de algún aparato domestico?; -me pregunta, agotando el último cartucho de esperanza que le queda de que no le joda definitivamente la mañana.
Lo mejor sería dar media vuelta y marcharse antes de que sea demasiado tarde. El guarda de seguridad ha sido alertado con un gesto y me observa arisco desde el costado de la puerta. También lo hace el resto de las gentes que aguardan en la cola tras de mí. A pesar de mi reticencia a abandonar el lugar sin haberme cerciorado de que Mad no se encuentra en su interior, concluyo que es mejor escapar antes de que la cosa se complique. Así es que, me abotono la chaqueta y, cuando ya me dispongo a iniciar la retirada, me vuelvo a mirar al hombre en el alma de los ojos, y le grito:
_ ¡No lo sé!
Y lloro.
Buscando a Mad por las calles; en las miradas de los obreros que apuntalan los muros de aquel edificio que amenaza ruina… Buscando a Mad entre los pequeños objetos olvidados sobre los bancos de la plaza, en el interior de los contenedores de basura de una fábrica de engranajes o entre el batiburrillo de enseres, quincallas y artilugios de la tienda de un ropavejero que pretendió medrar y se metió a anticuario. Tal vez Mad sea el talismán perdido de alguna secreta teúrgia milenaria, el último vestigio de una civilización proscrita por la historia, o el personaje de un libro al que se le arrancaron las páginas en las que éste figuraba para que quien lo leyera se viera forzado a echarle en falta.
Al pasar por la Calle del Globo, dudo un instante y, finalmente, me decido.
_ Busco a Mad.
Más ducho ahora, a la pregunta del hombre, afirmo que es un perro.
_ ¿Raza?...
La verdad es que yo, de razas, apenas entiendo.
_ ¿Color?... ¿Tamaño?...
Ni grande ni chico. El color un tanto indefinido. Por no intranquilizar al hombre, añado:
_ Uno de esos chuchos callejeros.
Esta vez, me dejan pasar a husmear entre las jaulas. Intuyo que, aunque reclamara como mío un animal ajeno y lo notaran, no me pondrían el menor reparo. Una molestia menos.
Me dirijo hacia los suburbios de la ciudad buscando a Mad. Indago en los estercoleros, bajo los escombros de las fábricas abandonadas, entre los hierros retorcidos de sus naves, por los clandestinos rincones de sus talleres y los oscuros escondrijos de sus esbatimentos… Tras de lograr desatascar una puerta herrumbrada por el tiempo, salgo a un descampado, y me pierdo por el declive de la tarde rastreando a Mad entre el desconcierto de basuras, jeringuillas y desechos diseminados por los confines del terreno. Escalo la tapia de un convento bombardeado durante los últimos meses de la Guerra Civil y escarbo entre los escombros de sus celdas, bajo las cenizas de su antigua capilla… En el irrevocable empeño de conseguir localizar a Mad, asciendo jadeando cachitos de mi alma por la pendiente de una colina desmochada a machetazos y, al rebasar la loma, me encuentro sumergido en los arrabales de un poblado de chabolas de rasillas desnudas y uralitas. A pesar de mi temor a morir acuchillado tras de cualquier esquina, me interno por sus sórdidas callejas buscando a Mad entre las pilas de chatarra y artilugios sin sentido diseminados por el suelo (“¿Es usted el médico?”), en las miradas amargas de sus gentes (“Entonces, ¿del Ayuntamiento?...”) por entre los detritos de sus albañales…
Pero Mad, no asoma por lugar alguno.
Cuando, al fin, regreso al centro, ha caído la noche y una lluvia menuda destella chubascos luminosos bajo el cono de luz de las farolas. Me subo el cuello de la americana y, tras de intentar inútilmente de atisbar bajo los paraguas los rostros de las gentes que circulan por la calle, acepto la derrota y me sumerjo en el humo denso y azulado de un club nocturno que me avisa en el letrero luminoso de caracteres parpadeantes que hay sobre su entrada que este es “El Último Recurso”. Dentro, tan sólo hay tres o cuatro chicas penosas y aburridas, un par de octogenarios, un sospechoso grupo de argelinos y algún que otro viajante de comercio solitario. Aguardo unos instantes, por si acaso Mad estuviera en los retretes. Por un momento, me parece descubrirle en la mirada de un borracho que me había pasado desapercibido al fondo de la barra y me apresuro a correr a su lado. Bebemos hasta que el camarero nos echa del local; luego, nos perdemos trastabillando hacia los sórdidos tugurios de la noche clandestina. Al final, tras de ayudarle a vomitar en una esquina, decido que no es Mad y le dejo instalado en un prostíbulo.
Buscando a Mad bajo las estrellas.

Despierto de un violento empellón en el costado y, al abrir los ojos, me encuentro con la mirada feroz de un policía uniformado.
_ ¡No sabe que está prohibido dormir sobre los bancos del paseo!
En la comisaría, intento explicar que andaba buscando a Mad y me quedé dormido. Al principio, no me creen; pero, tras de telefonear al portero del edificio en el que vivo, se avienen a regañadientes a ayudarme. Al requerimiento de sus datos personales, les digo que es mujer. Digo que de unos treinta o treinta y cinco años. Digo que la eché en falta ayer por la mañana… Cuando me explican que tengo que esperar al menos tres días para presentar una denuncia, añado que es rubia y que tiene los ojos color verde manzana. Así los tenía la actriz aquella que tanto me gustó en “La furia de Irene”. Más amigables ahora, me dicen que no me preocupe, que ya aparecerá…
Pero Mad, no aparece.
Ahora, la ciudad, aunque aún resplandece con los colores de la primavera, ha perdido todo su atractivo. Vago de un lugar a otro, buscando a Mad entre esa muchedumbre uniforme y anodina que transita las aceras de las grandes avenidas; por los sombreados bulevares de ostentosos edificios ornamentados de cariátides romanas y chapiteles de granito; por las retorcidas callejuelas de los barrios obreros… Me apuesto durante días y días a la entrada de una estación de metro, confiando en que, más tarde o más temprano, Mad se verá precisado a pasar por ella… Una noche, siguiendo a un indigente sin techo que dice conocerle, escalo los desvencijados muros del viejo penal de Las Descalzas y, al internarme por sus corredores, me veo rodeado de un mugriento hervidero de heroinómanos, emigrantes africanos, chaperos, parados sin derecho ya al subsidio, vagabundos borrachos y maleantes de fea catadura, y aún peor calaña, que pernoctan por las celdas y galerías de la antigua prisión. El hombre ante el que me conduce, en realidad, se llama Marc y aún tiene la aguja clavada en una vena del tobillo; pero, para mi sorpresa, se muestra decidido a ayudarme a encontrar a Mad. Así es que, me instalo bajo su litera, y ya nunca más regreso a casa.
Poco a poco, uno se va olvidando de cómo era el mundo en el que antes habitaba. Todo aquello que, con anterioridad, encontraba coherente y legítimo –las buenas maneras; esa civilizada costumbre de ocultar lo que se piensa y, aún más, lo que se siente; el esmerado cuidado con el que cada cual se acicala el personaje para evitar tratar consigo mismo-; se le vuelve ajeno e irreal, como una pretenciosa pantomima de la que ni siquiera son conscientes quienes en ella participan. Como, de un modo u otro, me veo precisado a convivir con ella, procuro no llamar demasiado la atención; así es que, tras de eludir una redada de la policía en el penal de Las Descalzas, me desentendí para siempre de Marc que la verdad es que no me sirvió de la menor ayuda- e instalé los cartones y coberturas de mi lecho bajo la marquesina de la salida trasera de un restaurante armenio que, generosamente, hasta me abastece con sus cubos de basura de los escasos alimentos que preciso para seguir viviendo. Como los lunes cierran, me apuesto a la hora de la salida del rosario en un rellano de la escalinata de la Iglesia de Los Desamparados y, a veces, me echan algo. Entonces, le miro a los ojos a la buena mujer –sólo alguna que otra anciana se anima a arrojarme una moneda con la que ir costeándose la entrada al Reino de los Cielos- y le pregunto:
_ Señora, ¿ha visto a Mad?
Ellas, me afean que me gaste el dinero en alcohol; y de nada sirve decirles que no bebo.
Una mañana, se me ocurrió pensar que a lo mejor había vuelto a casa y, cuando finalmente logré dar con la calle, encontré el piso ocupado por un nuevo inquilino. Cuando le pregunté por Mad, me rezongó:
_ Sus cosas las bajó el portero al almacén del sótano; pregúntele a él; -y me sacó para siempre de su vida de un portazo.
Le pregunté al portero, y me contestó que hacía ya más de un año que se lo habían dado todo a un ropavejero.
No quise regresar al restaurante armenio por temor a que la rutina de sus inmediaciones me estuviera apartando de los lugares que él frecuenta. Ahora, deambulo por las calles dejando que sean mis pies quienes decidan el rumbo de mis pasos. Cuando ellos se paran, yo me paro. Cuando reinician el camino, yo los sigo. Cuando vacilan, tropiezo y me extravío. Y así, voy recorriendo la ciudad de punta a punta, indagando a Mad en ese anciano que dormita con el diario abierto sobre las rodillas en uno de los bancos de la plaza, en la vecina que tiende a airear las ropas de la cama del barandal de la ventana, en aquel niño que atraviesa a la carrera la calzada detrás de su pelota, en los mercados, tras del cristal de los escaparates de los grandes centros comerciales, por entre los árboles del Bulevar de las Acacias, en el pequeño herrerillo que canta entre sus ramas, en cada esquina, en cada imagen, en cada lugar, en cada objeto, en cada gesto, en cada alma... Entretanto, duermo allá donde me pilla el sueño. Como de lo que me dan o lo que encuentro. Cuando llega el invierno, me arremeto como puedo un par de abrigos de esos que las gentes desechan junto al zaguán de sus portales, y sigo caminando. Como ya no me dejan pasar al interior de los locales, si en el camino tropiezo alguna fuente, bebo un poco de agua y, de paso, hasta me aseo como buenamente puedo las legañas; entretanto, la barba crece y crece; y el cabello hace ya meses que renuncié a intentar peinarlo. En ocasiones, alguna de esas bandas urbanas que holgazanean las aceras, al verme así de menguado y harapiento, me utiliza para vengar sobre mis huesos las amarguras de un resentimiento que carece de otro mejor lugar en el que depositar su ira. Una vez, me rociaron la barba con gasolina y le prendieron fuego. ¡Son cosas que pasan! La barba ardía y yo miraba el fuego. Alguien que no fui yo se ocupo de apagarlo, y hoy, las heridas, ya no duelen.
Buscando a Mad; e imprecando a Dios con todo su seráfico cortejo de ángeles del Cielo.
No es que no les comprenda; pero, la otra noche, tras de que me arrojaran mientras dormía un cubo de excrementos, decidí finalmente hacerles frente, y me armé con la barra herrumbrosa de una vieja romana que encontré tirada por el suelo de una abacería abandonada del Barrio de la Esperanza.
Cada cual podrá pensar aquello que buenamente le parezca; pero, esa misma tarde, cuando el hombre aquel se puso a increparme en medio de la calle, ya no pude contenerme por más tiempo y se la clave en el pecho.
Estas cosas, también pasan.
Se la clavé en mitad del pecho y le salió, justamente, por el centro de la espalda.
En la comisaría, les pregunté a los policías si, por lo menos, se habían molestado en intentar localizar a Mad.
Me golpearon.
Sucesivamente, le he ido preguntando por Mad a los otros presos con los que comparto los ocho metros cuadrados de la celda (“Como quieras; pero te aseguro que con Salmerón, el royo ese de la locura, no cuela.”), al abogado que vino a visitarme a la prisión, a los dos sicólogos que me han examinado… Al juez Salmerón, como, cuando pretendí preguntarle por Mad, ordenó que me hicieran callar, me fui a por él e intenté estrangularle. Me lo sacaron de entre las manos justo a tiempo. Dicen que también golpeé a la enfermera que vino a inyectarme no sé qué calmante; pero, si lo hice, yo no lo recuerdo.
Ahora, en el interior de la celda del hospital psiquiátrico, sigo buscando. De nada sirve que el médico insista en intentar convencerme de que Mad no existe, o que el celador pretenda engañarme al pasarme la comida por la trampilla de la puerta, canturreando:
_ ¡Soy Maaad…!
Me desentiendo de ellos, y continuo infatigable mis pesquisas. Como la celda carece de ventanas, busco a Mad por entre los pliegues de las sábanas, bajo la cama, tras la rejilla del respiradero que hay sobre la puerta, en los desconchones de las paredes, en sus manchas…; lo busco en la noche cuando todos duermen, y en el silencio, y en esa luz que hay fijada al techo y que jamás se apaga.
_ ¡Soy Maaad…! – me canturrea el enfermero desde el otro lado del pasillo.
Y de este modo sé ha llegado la mañana. Entonces, me desentiendo de los pasos que se aproximan a la puerta, y antes de que esta se abra para darle paso al trajín del nuevo día, me vuelvo de cara a la pared, entrecierro los ojos para hacerles creer que estoy dormido, y me voy a buscarlo por el sendero de pespuntes diminutos del dobladillo de la funda de mi almohada.
Y es que, sin Mad, la vida ¿de qué sirve?
Finalmente, tras más de cuatro meses de registros y pesquisas, he llegado a la terminante conclusión de que Mad no se encuentra dentro de la celda; así es que, he optado por dejar mi cuerpo tendido encima de la cama y me he ido a buscarlo entre las nubes, allá donde termina el último destello de arco iris; más allá de la luna, del sol, de las estrellas; tras del último vestigio de todo lo creado…
_ ¡Soy Maaad…!
Sé que me engaña; pero no me importa, porque ahora, ya sé exactamente como es Mad. No se asemeja a nada de todo cuanto existe. Así es que, cuando al fin aparezca, lo reconoceré al instante, y ya nada en el mundo podrá volver a arrebatármelo.

Otros escritos del autor:
“Libro de rutas para viajeros sin destino.” Ediciones Obelisco.